Las abejas asesinas

Las abejas asesinas

Mi sueño se había hecho realidad, por fin viviría a las orillas del mar. La brisa, la arena y el sol me encantaban. Para ese entonces, yo tenía unos 14 años de edad. Mi mamá me inscribió rápidamente en uno de los mejores colegios de la zona.

Dicha escuela tenía la característica de poseer un cupo reducido, es decir, máximo había 15 alumnos por grupo, lo que según diversas teorías permite que los estudiantes capten mejor la información que se les da.

El caso es que llegué y una niña me interceptó:

– Hola, me llamo Bárbara, pero puedes decirme Barbie, tú eres el nuevo ¿verdad?

– ¡Qué tal! Sí, recién desempacado de la ciudad. Dije riendo.

– ¿Te dan miedo las historias sobre bichos o insectos?

– No. ¿Por qué me lo preguntas?

– Pues porque me gustaría contarte la leyenda corta de las abejas asesinas. Según dice la profesora Dulce (la directora del plantel), hace más de una década, estos insectos llegaron aquí y mataron a un estudiante.

– ¿Abejas?

– Sí, de las que vienen de África. El grupo de primer año estaba en aquel salón que ahora ya está clausurado. (Señaló hasta el fondo del corredor). Lo usaban para trabajar con el material audiovisual.

El día de la catástrofe el radio estaba encendido en una emisora de música, cuando de repente el locutor cortó la canción y mencionó agitado:

– Las abejas africanas acaban de pasar por el Boulevard “El Arenal”, les suplicamos a nuestros radioescuchas que tapien sus puertas y ventanas lo antes posible.

La maestra Dulce, estaba preparada para esa contingencia, ya que una situación similar había sucedido en el pasado. Todos menos uno de los estudiantes regresaron a sus aulas. Su nombre era Lisandro, un muchacho conocido por su mal comportamiento.

Las abejas atravesaron la malla y llegaron hasta donde él se hallaba. Rápidamente comenzaron a picarlo por todos lados. Los demás estudiantes veían aterrorizados como al chico se le iba hinchando el rostro y pronto dejó de respirar.

Al percatarse de esto, los profesores hicieron que sus pupilos miraran al piso, mientras el conserje retiraba el cuerpo de Lisandro. No se supo donde fue velado ni enterrado. Lo que sí sabemos es que en el salón de audiovisuales, aún se escuchan los zumbidos de las abejas.

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